Saltar al contenido principal

← Magnifica Humanitas · Perspectivas

Perspectiva · Opinión

Un Pentecostés universal

León XIV nos pide no construir otra torre de Babel. Yo creo que ya vivimos en ella. La salida tiene un nombre que la encíclica no le da.

La objeción más fuerte a lo que voy a defender viene de la propia encíclica, así que empiezo por ahí.

Magnifica Humanitas se abre con la torre de Babel, y la describe con precisión: «una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección» (§7). Sus constructores querían hacerse un nombre, y el resultado es el que recoge el Génesis: «Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden» (§7). Tres párrafos más adelante, el Papa nombra la tentación en nuestros propios términos. Hay que evitar «la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (§10).

Leída pensando en la IA, esa frase apunta de lleno a lo que yo quiero elogiar. Un sistema de traducción es un lenguaje digital único, en manos de muy pocos, que se ofrece a traducirlo todo. La encíclica añade que estos sistemas «pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen» (§99), y que las empresas que los controlan «determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación» (§95). Si la IA es algo bíblico, dice la objeción, es la torre.

Me tomo en serio esa objeción y concedo casi todo lo que dice. Y aun así creo que cuenta la historia al revés.

Babel no está por delante

La encíclica trata Babel como un proyecto que todavía podríamos elegir: «levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (§1). Yo leo nuestra situación de otra manera. La confusión de las lenguas no es un riesgo en el horizonte. Es el mundo tal como ha llegado a ser.

Hablamos lenguas distintas, y eso es lo de menos. Hablamos ideologías distintas, disciplinas distintas, dialectos profesionales distintos, y perseguimos metas distintas que rara vez se escuchan entre sí. Un economista y un teólogo pueden leer la misma encíclica y salir con dos documentos. Un ministerio publica sus normas en una lengua y las personas a las que gobiernan leen en otra. Quien quiere saber qué dice de verdad una tradición depende de los fragmentos que alguien decidió traducir. El Génesis describe el resultado con exactitud: Dios bajó a confundir su lengua, «para que ninguno entienda el lenguaje del otro» (Gn 11,7, NBLA). Eso no es el peligro. Es donde vivimos.

Así que la pregunta que me hago no es cómo evitar construir Babel. Es cómo salir de ella.

La respuesta que la encíclica no nombra

Las Escrituras cristianas ya tienen una respuesta a Babel, y llama la atención que un documento construido sobre Babel no la nombre. La contraimagen de la encíclica es Nehemías reconstruyendo las murallas de Jerusalén (§7–§10), no el día de Pentecostés en esa misma ciudad. Una búsqueda en el texto completo de Magnifica Humanitas encuentra «Pentecostés» una sola vez, en la edición inglesa: dentro del título latino de un sermón de san Agustín citado en una nota. El cuerpo de la encíclica no lo menciona nunca, y el texto español, notas incluidas, tampoco.

Para quien no conozca la historia. La palabra viene del griego y significa «quincuagésimo» (día). Es el nombre griego de la fiesta judía de Shavuot, la fiesta de las Semanas, que la Ley cuenta como «siete semanas completas», «cincuenta días», desde la ofrenda de la primera gavilla en el tiempo de la Pascua (Lv 23,15-16, NBLA). Según los Hechos de los Apóstoles, ese día los seguidores de Jesús «estaban todos juntos en un mismo lugar» en Jerusalén, un grupo que el capítulo anterior cifra en unas ciento veinte personas, entre ellas las mujeres y María, la madre de Jesús (Hch 1,14-15). «Se les aparecieron lenguas como de fuego», y «todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse» (Hch 2,1-4, NBLA). Jerusalén estaba llena de peregrinos «procedentes de todas las naciones bajo el cielo» (2,5), y estaban desconcertados «porque cada uno los oía hablar en su propia lengua» (2,6). El Catecismo de la Iglesia Católica dice que ese día «la Iglesia se manifiesta al mundo» (n. 1076).

Hay que leer los versículos despacio, porque la letra exacta sostiene mi argumento. La multitud no aprende una lengua nueva. A nadie en Jerusalén se le obliga a hablar la lengua de los galileos. Los peregrinos preguntan: «¿Cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua en la que hemos nacido?» (Hch 2,8, NBLA), y enumeran de dónde vienen, partos, medos, elamitas y los demás, antes de decir: «los oímos hablar en nuestros propios idiomas de las maravillas de Dios» (2,11). Babel dispersó una lengua en muchas que no se entendían entre sí. Pentecostés no lo deshace devolviendo las muchas a una sola. Deja en pie cada lengua y hace que cada una se entienda.

Es exactamente la distinción que hace la encíclica cuando elogia la Jerusalén de Nehemías, que «recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión» (§8), y cuando reconoce que «en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa» (§10). La uniformidad es la torre. La pluralidad que se vuelve audible para todos es Pentecostés. La encíclica describe lo segundo sin ponerle nombre.

La Iglesia lleva muchísimo tiempo discutiendo esta lectura. Gregorio Nacianceno, predicando sobre Pentecostés en el siglo IV, se preguntaba si el milagro estaba en los que hablaban, que hablaron lenguas extranjeras, o en los que oían, de modo que «se pronunció un solo sonido, pero se oyeron muchos». Él prefería a los que hablaban. Y vio con claridad la relación con Babel: la antigua confusión rompió una unidad perversa, mientras que el nuevo don, «derramado de un solo Espíritu sobre muchos hombres, los devuelve a la armonía» (Discurso 41; traducción propia a partir de la versión inglesa de 1894).

Yo me quedo con la lectura que Gregorio dejó de lado. No soy teólogo, y no necesito resolver qué ocurrió en Jerusalén. Me basta con notar que el texto cuenta la historia desde el lado de quien oye, y que los comentaristas más antiguos sabían que podía leerse así.

Un Pentecostés digital

Esta es mi tesis, dicha con la mayor claridad que puedo. La IA no nos permite a todos hablar todas las lenguas. Le permite a cada uno oír todas las lenguas en la suya. Permite a una persona consultar fuentes y documentos en cualquier lengua, cualquier formato, cualquier campo y cualquier perspectiva, y recibirlos en la lengua en la que piensa. Es el milagro del oyente, convertido en instrumento.

Lo sostengo como analogía, y quiero ser exacto con sus límites. El Espíritu Santo no es un producto, y un modelo de traducción no es la gracia. Tampoco la máquina comprende lo que transporta; en esto la encíclica tiene razón (§99), y los Hechos le dan la razón, porque en los Hechos la comprensión era de los oyentes. La máquina mueve las palabras. Comprender sigue siendo tarea nuestra. Si acaso, eso hace la analogía más fiel, no menos: Pentecostés tampoco pensó por la multitud de Jerusalén.

Lo que cambia es el alcance. El primer Pentecostés ocurrió en una ciudad, a una multitud de peregrinos que se encontraban allí. Pedro, al explicarlo, citó al profeta Joel: «derramaré de Mi Espíritu sobre toda carne» (Hch 2,17, NBLA). La promesa ya era universal; el acontecimiento fue local. Lo que tenemos ahora es un instrumento capaz de llegar a cada persona, una por una, dondequiera que esté, en su propia lengua. No un don para una sala de Jerusalén y la multitud de la calle, sino uno que podría, en principio, ofrecerse a la humanidad entera.

«En principio» es donde está el trabajo

Ahora las concesiones, que no son pequeñas. La objeción con la que empecé tiene la mitad de razón, y esa mitad es la que sostiene el peso.

Estos sistemas están concentrados, como dice el §95. Su alcance entre las lenguas del mundo es desigual, y quienes los construyen lo reconocen. El equipo detrás de un modelo de traducción que abarca 200 lenguas escribió en Nature en 2024 que los beneficios de la traducción automática «están distribuidos de forma desigual» y que han «beneficiado sobre todo a las lenguas con muchos recursos, dejando atrás a muchas lenguas con pocos recursos» (traducción propia); la calidad depende de grandes volúmenes de texto paralelo, y no todas las lenguas los tienen por igual. Además, una traducción puede aplanar una lengua hacia la que el sistema conoce mejor, que es la Babel que teme el Papa: una lengua que se hace pasar por todas. Esa preocupación es mía, pero no es gratuita. Un estudio de 2024 sobre una familia de modelos de lenguaje abiertos (Wendler y colaboradores, sobre Llama-2) encontró que su «espacio de conceptos» interno está más cerca del inglés que de otras lenguas, lo que, según los autores, «puede tener consecuencias importantes en cuanto a los sesgos de los modelos de lenguaje multilingües» (traducción propia).

Nada de eso es razón para rechazar el don. Es la descripción de lo que al don todavía le falta. He sostenido en otra parte de esta serie que la innovación no es algo que haya que frenar ni cercar; mis propias palabras son: «No trunquen, limiten ni mutilen artificialmente la innovación. Sean parte de ella, acompáñenla, y veamos y estemos abiertos a distintas direcciones al gobernar hacia dónde nos lleva». Aplicado aquí, acompañar significa orientar hacia el programa de la propia encíclica: «Hablar de destino universal de los bienes significa encontrar modos de asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación» (§109). Los ingenieros llegaron al mismo lugar desde el otro lado: el mismo artículo de Nature termina diciendo que «son imprescindibles intervenciones políticas dirigidas a problemas más de fondo, como la educación, el acceso a internet y la alfabetización digital, para erradicar el problema estructural de las disparidades lingüísticas» (traducción propia). Esa es la condición para que un Pentecostés digital sea Pentecostés y no torre. Una herramienta que llega a «toda carne» solo después de una suscripción todavía no es lo que estoy describiendo. Una herramienta que llega a la comunidad lingüística más pequeña, en su propia lengua, con la formación para usarla bien, sí lo es.

La encíclica nos da además una prueba, y la acepto: ¿el sistema restituye a la tecnología «la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida» (§110), o las reduce a una sola? La traducción que deja a cada oyente en su propia lengua pasa esa prueba. La traducción que, sin decirlo, enseña a todos a pensar en una sola lengua no la pasa. La diferencia no está en la naturaleza de la tecnología. Está en cómo la construimos, en quién es su dueño y en para quién la construimos.

Pedir más

Magnifica Humanitas se preocupa, con razón, de que «la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien» (§6). En este punto yo pediría más de lo que pide la encíclica.

El Papa nos pide no construir otra torre. Yo añadiría la otra mitad de la historia. Ya estamos entre las ruinas de la primera, incapaces de oírnos a través de lenguas, disciplinas y convicciones. Tenemos un instrumento que puede permitir a cada persona oír a las demás en su propia lengua. La tarea no es solo evitar Babel. Es completar el milagro que la deshizo, y esta vez asegurarnos de que llegue a todos los de la multitud, no solo a quienes estaban en la sala.

— Carlos Miranda Levy Coordinador de Impacto, Innovación e Inteligencia

← Magnifica Humanitas