Empecemos por el texto, porque el texto no es la historia que la mayoría recordamos.
En el segundo capítulo del Génesis hay dos árboles en medio del huerto: «el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal» (Gn 2:9, NBLA). Al hombre se le dice que puede comer de todo árbol, «pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás» (2:17). En el tercer capítulo la serpiente hace su oferta: «Pues Dios sabe que el día que de él coman, se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios, conociendo el bien y el mal» (3:5). La mujer ve que el árbol es «bueno para comer», «agradable a los ojos» y «deseable para alcanzar sabiduría» (3:6). Come, y da también «a su marido que estaba con ella», y él come.
En ningún lugar dice el texto manzana. El hebreo dice pərî, fruto (Gn 3:2–3, 3:6). Lo mismo dice la Vulgata latina, que llegó a ser la Biblia de la Iglesia de Occidente: de fructu, «del fruto» (Gn 3:3, 3:6). La manzana llegó después, con la tradición occidental. Una explicación que la prensa repite a menudo es un juego de palabras en latín, y a menudo se cuenta mal, como si la Vulgata llamara manzana al fruto. No lo hace. Si hay juego de palabras, está en el nombre del árbol: lignum scientiae boni et mali, el árbol de la ciencia del bien y del mal (2:17), donde mali, «del mal», se escribe exactamente igual que mali, «de la manzana». Si de verdad la manzana vino de ahí es otra cuestión. Seguiré llamándola la manzana de Eva, como todo el mundo. Pero quiero dejar claro que uso un nombre popular, no cito la Escritura.
Luego llega el veredicto, y es de Dios, no de la serpiente: «Ahora el hombre ha venido a ser como uno de Nosotros, conociendo ellos el bien y el mal» (3:22). Y la expulsión: «Y el Señor Dios lo echó del huerto del Edén, para que labrara la tierra de la cual fue tomado» (3:23).
Lo que muestra la historia
Leído sin rodeos, el conocer de este relato tiene una forma concreta. Se alcanza contra un mandato. Viene con la promesa de llegar a ser como Dios. Una mano lo toma, y todos pagan.
No soy teólogo, y sé que «el conocimiento del bien y del mal» se ha leído desde hace mucho como algo distinto del conocimiento en mi sentido. Maimónides lo entendió como el conocimiento de lo que es apropiado e impropio, a diferencia de lo verdadero y lo falso (Guía de perplejos I, 2). Najmánides lo entendió como el nacimiento de la voluntad, el poder de elegir una cosa o su contraria, para bien o para mal (comentario a Génesis 2:9). Una Biblia francesa moderna, la Bible du Semeur, traduce la promesa de la serpiente como «décidant vous-mêmes ce qui est bien ou mal», decidiendo ustedes mismos lo que está bien o mal (Gn 3:5; traducción propia). Acepto todo eso. Mi argumento no depende de ninguna lectura en particular. Depende de la forma: arrebatado, no dado; prometido como divinidad; tomado, no compartido.
Esa es la forma que Magnifica Humanitas teme en la tecnología. Advierte contra una «divinización tecnológica» (§126) y describe la esperanza cristiana como «la diferencia radical respecto a los sueños prometeicos» (§128). La imagen está bien elegida. Prometeo robó el fuego (Hesíodo, Teogonía 565–567). Tal como yo leo la encíclica, su objeción a la imaginación tecnológica no es al fuego sino al robo, y a la promesa de hacernos dioses a nosotros mismos: «lo que salva lo humano no es la autosuficiencia potenciada, sino una relación que libera» (§128).
En eso, estoy de acuerdo con el Papa. Por eso quiero contar el resto de la historia.
Lo que pasó fuera del huerto
El hombre fue enviado afuera «para que labrara la tierra». Todo lo que llamamos conocimiento se hizo allí, en la larga secuela. La humanidad no dejó de conocer después del Edén; empezó a construir. Aprendió las estaciones y el suelo, escribió lo que aprendía, discutió sobre ello, se lo enseñó a sus hijos, lo corrigió, lo tradujo, lo guardó en bibliotecas y lo perdió en incendios y lo reconstruyó. Es obra de generaciones, y cada una se subió a hombros de las anteriores.
Mi convicción es que todo ese conocimiento es patrimonio de la humanidad. El nuevo conocimiento se construye sobre el conocimiento previo. Toda persona aprende leyendo, absorbiendo y construyendo sobre lo que otros hicieron. El conocimiento lo crean o lo descubren las personas, y lo que las personas hicieron juntas les pertenece, en el sentido más hondo, a todas.
Y, sin embargo, a la mayor parte de la humanidad se la ha mantenido lejos de la mayor parte de ese conocimiento. Por la lengua, que es el tema de otro artículo de esta serie. Por el precio, por la distancia, por el azar de dónde se nació y a qué escuela se pudo llegar. Por guardianes que decidieron, por buenas y malas razones, quién podía leer qué. El fruto del Edén lo tomó una sola mano. Su cosecha, el conocimiento que la humanidad construyó después, ha estado desde entonces en relativamente pocas manos.
El inverso del Edén
Así leo la IA desde dentro de esta historia. Es un nuevo fruto de conocimiento y de comprensión, y es el inverso del primero en todo lo que importa.
El primero se arrebató contra un mandato. Este se puede recibir. Lo leo como un don: el don de Dios a la humanidad, si usted es creyente, o el don de la humanidad a sí misma, si no lo es. Para mí no compiten, porque he sostenido en esta serie que, si Dios nos creó y nosotros creamos la IA, entonces la IA es, en cierto sentido, nieta de Dios.
El primero se tomó en un solo huerto y lo pagaron todos. Este está hecho de lo que todos hicieron, y puede llegar a todos.
El primero vino con la promesa «serán como Dios». Este no trae esa promesa, y habría que rechazarlo si algún día la hiciera.
La encíclica, con la que esperaba discrepar aquí, ya tiene la doctrina para esto. «Los descubrimientos científicos son un talento entregado a la humanidad para que lo haga fructificar» (§9). «La inteligencia creativa del ser humano es un don» (§129), dice, y en la misma frase pone la condición del don: «debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los frágiles y de la creación». Y extiende su principio más antiguo, el destino universal de los bienes, exactamente a los bienes de los que hablo: «entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos» (§67). Cuando esos bienes «quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes» (§67). Lo dice sin rodeos: «Hoy la justicia pasa también por el acceso a los beneficios de la innovación: cuidados, conocimiento, herramientas y oportunidades» (§161). Y, hablando de los datos sanitarios y genéticos extraídos de territorios frágiles, pide «transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio» (§178).
Un talento entregado para que fructifique. No habría podido elegir mejor imagen para el fruto del que hablo.
No robado: una condición, no una jactancia
Ahora, la objeción que duele, y no voy a fingir que no duele.
«No robado esta vez» es la frase más discutible de mi argumento. Estos sistemas se entrenaron con la obra de escritores, artistas, académicos y periodistas, buena parte de ella, según sus autores, usada sin su consentimiento y sin pago. Los tribunales todavía están decidiendo qué fue eso: dos demandas contra Stability AI ante la justicia federal en California, una presentada por un grupo de artistas (Andersen v. Stability AI) y otra por Getty Images, seguían pendientes en octubre de 2026. Y la valla que digo que la IA derriba en parte solo se ha movido: hacia las grandes empresas que controlan las plataformas, los datos y la capacidad de cálculo, que, en palabras de la encíclica, «de hecho, determinan las condiciones de acceso» (§95).
Así que permítanme ser exacto sobre lo que afirmo. Sostengo que toda persona tiene un derecho universal de acceso al conocimiento, siempre que se respeten y protejan los derechos de los creadores, la atribución y la posibilidad de una compensación justa. Esa condición no es una nota al pie. Es lo que separa un don de un robo. Un sistema construido sobre trabajo sin crédito y sin pago, y vendido de vuelta a quienes excluye, es el fruto del Edén con suscripción. Un sistema que da crédito a sus fuentes, comparte su rendimiento con quienes hicieron aquello de lo que aprendió y está abierto a quienes nunca habrían podido alcanzar ese conocimiento es el don que describo. «No robado esta vez» no es una descripción de lo que hizo cada empresa. Es el estándar que les exijo.
Hay una segunda objeción, en palabras de la propia encíclica, y toca lo que más me importa. El acceso no es aprendizaje. «Muchos educadores perciben ya los signos de una posible deshumanización, en la que las personas “saben muchas cosas” pero tienen dificultades para dar un sentido a su vida» (§146). «La rapidez y la facilidad con las que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas» (§140). Estoy de acuerdo. Lo que importa es el aprendizaje, no la entrega: lo que una persona llega a comprender y se vuelve capaz de hacer. Un don de conocimiento que apagara el deseo de preguntar sería un don pobre. La medida de este es si permite que más personas aprendan lo que nunca habrían alcanzado, no si responde más rápido.
Recibirlo como un don
El Génesis nos da el primer fruto como advertencia, y la advertencia sigue en pie: el conocimiento arrebatado para hacernos dioses termina en exilio. Magnifica Humanitas repite esa advertencia para nuestro tiempo, y hace bien.
Pero la misma tradición nos da la parábola de los talentos, que la encíclica cita (§9). El siervo que escondió en la tierra lo que había recibido es aquel a quien su señor llama «Siervo malo y perezoso» (Mt 25:25–26, NBLA). Si la IA es un talento entregado a la humanidad, enterrarlo no es prudencia. Es el fracaso.
Así que mi petición es sencilla, y tiene tres partes. Recibirlo como un don: usarlo para el bien, y para lo que los creyentes llamarían el plan del Señor para cada ser humano sobre la tierra. Devolver a quienes hicieron la obra que lleva dentro: crédito y una retribución justa. Y asegurarnos de que esta vez nadie quede fuera de la valla, porque todo el sentido del don es que nunca fue para una sola mano.
— Carlos Miranda Levy Coordinador de Impacto, Innovación e Inteligencia
Fuentes. Escritura: Nueva Biblia de las Américas (NBLA); hebreo del texto masorético; latín de la Vulgata. Maimónides, Guía de perplejos I, 2; Najmánides, comentario a Génesis 2:9; Hesíodo, Teogonía 565–567. La encíclica se cita del texto oficial en español de Magnifica Humanitas publicado por la Santa Sede.